domingo, 23 de diciembre de 2012

VISITANTES

Desde hace días tenemos en Avilés un ilustre visitante, más que ilustre quizá debiéramos decir lustroso, o reluciente. Se trata de una avecilla del tamaño aproximado de un mirlo, pero con un colorido extraordinario, una simpática coleta, y una pasmosa tranquilidad. Se pasa largos ratos posado en la rama del árbol, como si estuviera esperando algo que nunca llega; de repente, con movimientos suaves se gira un poco o se agacha y coge una baya de la espinera que le sirve de posadero, de parapeto y de despensa, y se la traga entera con facilidad. Quizá le podamos ver comer dos o tres seguidas, pero no más. Dentro de un rato, si esperamos pacientemente quizá volvamos a ver como se repite el ritual, que también se  puede romper por las sesiones de acicalamiento y recolocación de plumas que hace con su fuerte pico, como si fuera un modelo que siempre ha de estar en perfecto estado de revista.

Este visitante es un Ampelis, conocido por los expertos como Bombycilla garrulus, un ave muy rara de ver en España y en Asturias. Pero hete aquí que el pasado invierno también tuvimos otro ampelis entre nosotros durante varias semanas; fue entre febrero y marzo de este mismo año. Siendo como es, un  ave típica del norte de Europa, que su límite sur de invernada suele estar en Gran Bretaña o la Bretaña francesa, y que además solo irrumpe más al sur empujado por los fríos y la falta de alimentos, ver en una ciudad como Avilés dos individuos en un mismo año,  aunque en dos inviernos diferentes, debe considerarse, al menos por el momento, algo excepcional. Quién sabe si el devenir de la climatología, por esto del cambio climático, lleva a convertir este hecho en algo frecuente.

Pero volviendo sobre el tema: ¿realmente son dos individuos diferentes?, ¿no será mucha casualidad que dos individuos diferentes encuentren en su camino errático hacia el sur las mismas espineras cargadas de bayas en medio de una ciudad sucia como Avilés? ¿no será que hace 8 meses llegó aquí tras un largo vagar en busca de alimento y que este invierno ya vino directo al grano? ¡Quién sabe!. Esta pregunta sin respuesta ya nos la hemos hecho unos cuantos y ya la hemos comentado.
NOTA: Al parecer no es así porque el individuo de este año es un joven, pero para cualquiera no muy experto podría parecer el mismo.
A mí me da que pensar en mi permanente brainstorming sobre mi ciudad y mi entorno. Este avecilla ha venido por algo tan ¿simple? como un grupo de árboles cargados de bayas. Nuestra ciudad le resulta atractiva por las bayas. ¿qué más cosas tendremos en Avilés que puedan ser atractivas a otras aves o cualquier otro tipo de ser vivo, incluido el ser humano? Sabemos que otras muchas aves vienen a la ría a alimentarse por encontrar en sus fangos un lugar estupendo para sus intereses, aunque durante varias décadas todo indicaba que eso iba a dejar de ser así; por suerte, la resiliencia de este espacio ha permitido superar el trauma. Antaño, en otra época histórica, Avilés ofrecía un lugar seguro para los barcos y por tanto facilitaba el comercio de Asturias e incluso de España con países lejanos.
 Cuando se construyeron las grandes industrias alrededor de la ciudad vinieron a la comarca más de 50.000 personas, pero no vinieron a Avilés, sino a buscar trabajo a donde más había. Y Avilés se vió “invadida” (dicho aquí sin ningún afán peyorativo) por más del doble de personas de las que aquí vivían antes.
Ahora que el trabajo que proporcionaban aquellas empresas ha bajado en picado, mucha gente se tiene que ir a otros lugares, hijos y nietos de los que vinieron de fuera o de los que ya estaban aquí. Ahora se busca un segundo efecto con la construcción del Centro Niemeyer y con actos culturales y deportivos de todo tipo.
¿ya no tiene Avilés nada atractivo que ofrecer que tenemos que poner al lado de la ciudad el señuelo para visitantes? ¿la contaminación nos ha turbado lo suficiente como para olvidarnos realmente de lo que somos, de lo que tenemos? ¿Cuándo se acabe este nuevo efecto imán, daremos otro bocado a nuestro entorno para fabricar otro?
¿No será mejor dedicarnos a hacer nuestra ciudad para nosotros en vez de para los de fuera y que precisamente sea eso la esencia de lo que a los de fuera les pueda resultar atractivo? ¿No sentimos fascinación por los pueblos pirenáicos o la alberca precisamente porque mantienen su esencia?
Creo que ya me he expresado con claridad para el que quiera entenderlo. Otro día intentaré escribir las reflexiones  sobre las alternativas para llevar a delante ese cambio de mentalidad.

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