Un dicho este muy español pero que
desgraciadamente dice mucho de nuestra idiosincrasia. Las faltas de respeto y
de verdadera preocupación por el bien común son un mal endémico en nuestro
país, y así una vez que uno soluciona “lo suyo”, los demás “que se apañen”.
Es claro que hay mucha
solidaridad, que se ve en los centros de transfusión o en los datos de número
de donantes, pero casi siempre asociada a temas que no suponen una verdadera
pérdida. También sabemos que la hipocresía está bastante bien instalada: soy
donante de sangre, donante de órganos, apoyo a Cáritas, pero hago negocios
irregulares con mucho dinero negro por medio y recibo cuantiosas dádivas de
origen “oscuro”. Suena conocido, ¿verdad?
Hay otra manera de ver esta frase: la persona que quiere
sacar provecho personal a corto plazo o con previsiones a medio plazo, sin
preocuparse de los problemas que se derivarán a posteriori, problemas que por
otro lado se supone que deberán capear otros. También nos suena a todos,
¿verdad?
En nuestro entorno vemos ejemplos
personales y colectivos muy abundantes,
ejemplos de los que muchas veces la mayoría no cae en la cuenta que es nuestro
lastre: el dinero negro, los basureros piratas, los aparcamientos en doble
fila, vecinos que no pagan su cuota, los destrozos urbanos, las comisiones y
los sobres… Pero me quería referir a
cosas aún con más enjundia ¿Me acompañan para hacer un pequeño repaso?.
1.- En el libro “La
desecación de marismas en la Ría de Avilés en los siglos XIX y XX ”(Ramón Mª Alvargonzález Rodríguez y Maximino Roza
Candás, 2000) se detalla con mucha profusión de datos bibliográficos
las irregularidades e ilegalidades cometidas durante décadas en el proceso de
desecación de marismas en la ría de Avilés. Concesiones a las que se les da un
uso diferente el solicitado, connivencia municipal, especulación… En la página 95 aparece incluso un listado de dirigentes
locales y familiares suyos (o ellos mismos) que se beneficiaron de algunas de
aquellas operaciones a finales del siglo XIX en las marismas de Las Aceñas y
Las Meanas. Ahora ya está todo hecho y consolidado, y ¿ya no hay vuelta atrás?;
unos pocos se beneficiaron del bien común para provecho propio. Nosotros no
tenemos ría y a cambio aquellos ilustres ciudadanos formaron familias
apoderadas, adineradas y en muchos casos reputadas.
2.- En los años 50 del siglo pasado la población de Avilés
no estaba precisamente hundida o sin posibilidades de desarrollo, pero nos
colocaron una gran zona industrial y nos llenaron de humos y otros desechos.
Muchos se beneficiaron de prebendas y supieron cómo robar al estado para
beneficio propio, ¿quién trabajó en ENSIDESA y no relató alguna vez los
tejemanejes de afamados empresarios locales?
Mucha gente (casi toda) se sintió a gusto en toda esa fuente de riqueza
incontrolada, desigualmente distribuida. Esto sirvió para que nadie pensara en
las consecuencias a medio plazo: somos la ciudad número uno en cáncer en toda
Europa, y ha costado un Potosí recuperar un poco de la calidad del aire y de la
ría (aún estamos a medias).
Y no aprendemos, estamos atontados, todavía hay gente que
cree innecesario que toda la industria deba cumplir las estrictas normativas de
seguridad ambiental que nos van imponiendo desde Europa (siempre vamos en el
vagón de cola). No hay más que ver lo que está pasando con Chemastur o con los
vertidos de Arcelor-Mittal.
Pero las advertencias de muchos, las quejas de los que no se
contienen, las demandas judiciales, de poco sirven. Todo para adelante, algunos
beneficiándose y todos envenenándose mientras el lugar queda destrozado. Y los
que vengan detrás…
3.- No hace tantos años que el eucalipto empezó a llenar los
bolsillos de los más ansiosos de réditos rápidos. Así, nuestros montes se
llenaron de estos árboles australianos hasta hacer desaparecer nuestros bosques
autóctonos de la franja costera, y con ellos a muchos animales y plantas que se
asociaban a estos bosques. Y con ellos se fueron también nuestras posibilidades
de explotación racional de la madera de robles, castaños, fresnos, nogales… los
problemas más serios no los suelen padecer los que los provocan sino los
descendientes de dos o tres generaciones posteriores.
4.- En otro orden de cosas, podríamos hablar de los jaleos
con el Centro Niemeyer, con una gestión que no vamos a calificar pero que
genera un déficit de (dicen) 2,4 millones de euros. Pero, ¿no iba a ser una
gran panacea? Y ahora esos milloncejos de nada los tiene que pagar el populacho
que disfrutó de tan magna obra (conste que me parece muy llamativa) y de las
actividades que allí se organizaron (aunque no eran gratuitas). Pero los que se
enriquecieron a costa de crear semejante agujero o los que consiguieron que las
urnas se llenaran de papeleta de su color ¿qué pasa con ellos? Pues eso, el que
venga detrás que arree, que se apañe.
5.- La ampliación portuaria de Avilés puso negro sobre
blanco cómo está muy claro que “el papel lo aguanta todo”. Los cálculos que
justificaban la obra eran que antes de acabar la primera fase ya habría un
aumento considerable de tráfico, y que con la segunda fase se podría llegar a
los 8 millones de toneladas. Los que decían que era una obra poco menos que
faraónica, que sería un gran despilfarro, o que era injustificado perder los
arenales de la margen derecha, fueron todos maltratados, tomados por ilusos,
demasiado conservadores y con poca visión.
La realidad es que en los antiguos muelles se llegó a mover
más tráfico y más mercancía que las que se mueven ahora, con ampliación
incluida. Y luego querrán seguir llenando la ría de hormigón con la tercera fase,
pese a que en los próximos 20 años seguramente no se llegue a justificar ni
siquiera la primera ampliación.
Y luego, pues nada, los que vengan detrás ya solucionarán
los problemas que se planteen y se seguirá loando a los ilustres servidores que
consiguieron semejantes ventajas para nuestro pueblín.
6.- En términos más generales podemos decir que en nuestra
forma de vida nos engañaron como a tontos, metiéndonos por los ojos los
fantásticos avances en la comodidad, y ahora vemos los problemas derivados:
millones de toneladas de desechos con los que no sabemos qué hacer. Por
ejemplo, el plástico aguanta mejor que el papel y se puede lavar, pero ¿luego
qué hacemos con ese plástico? Pues resulta que quemar semejantes volúmenes de
desechos provoca una contaminación tremenda y además cancerígena, y si lo
amontonamos tarda cientos de años en deshacerse. O sea, lo dicho, me soluciono
el problema, algunos se enriquecen muchísimo con su gran aportación, y las
siguientes generaciones ya solucionarán el problema, si quieren y si pueden.
Mientras, en los océanos se van formando inmensas islas de basuras plásticas
que las corrientes marinas se encargan de amontonar.
Si nos vamos un poco más lejos
podríamos hablar del sobrecoste de El Musel, de Laboral Centro de Arte, del
Metrotren de Gijón, de tantos y tantos museos de carísimo continente y nulo
contenido, del dinero de los fondos mineros que sirvió para acallar el abandono
de un modo de vida pero que no creo nada más que expectativas incumplidas, de
las sendas verdes que se inauguran a bombo y platillo para no volver a
mantenerlas en buen estado nunca jamás, de los centros de interpretación
abandonados y saqueados, de aulas de naturaleza invadidas por la vegetación, o
de las decenas de millones de euros invertidos en centros de recuperación de
fauna que se pudren en mitad de los montes, montes que por otra parte
languidecen y que se podrían mantener con la centésima parte de lo invertido en
tantas tonterías. Hay muchos otros magnos proyectos, pero seguramente estén ya
cansados de tanta queja.
Nadie duda que somos un país
avanzado, pero a la vez con tintes propios de países en vías de desarrollo, con
una democracia dirigida, con una economía sumergida de una magnitud de la que
nadie se atreve a hablar. Hace mucho que pienso que si en España las cosas
fueran realmente como parece, entonces si que habría movimiento social. Pero no
es cierto, vivimos con muchas más comodidades que las que nos corresponderían
por nuestro nivel científico, laboral o nuestros índices demográficos (con todos
mis respetos para las familias que realmente están pagando la situación actual
con su desgracia), y la realidad es que esto es así porque dependemos para
mantener esta riqueza ficticia de unos niveles de deuda estratosféricos, que
mantienen una burbuja de ineficacia y falsa riqueza que está por estallar, y
estallará, ante la sorpresa de la mayoría, la sonrisa de unos cuantos que
supieron inflarla y después vaciarla parcialmente en sus bolsillos antes del
estallido, y la tristeza de quienes vimos que nadie hacía nada por evitarlo.
Nos harían faltan más de 30 años
para llegar al nivel de los países de Centroeuropa en temas tan delicados y tan
de sentido común, pero sigue habiendo mucha gente que no se baja de la burra y
a la que lo único que le preocupa es que los sueldos alemanes u holandeses sean
mucho más altos. Su cultura, su sensatez colectiva, su respeto al prójimo y su
respeto por el medio ambiente también lo son. Y esto, a largo plazo, es mucho
más importante que los sueldos, ya que la existencia en estos países de unos
sistemas más participativos, de consulta colectiva, y de concienciación de sus
habitantes en los beneficios de la inversión en formación y en riqueza
palpable, hacen que cuando surgen las crisis, no haga falta desmantelar los
pocos progresos obtenidos en época de bonanza.
Lo peor de todo es que la mayor
parte de la población se conforma con “que me dejen como estoy no vaya a ser…”,
cualquier cambio en la rutina supone una tremenda incomodidad, casi un trauma.
Y además, cuando la corriente europea nos lleve a su nivel, ¿dónde estarán ya
estos otros países? No solo tenemos que avanzar mucho sino que además
deberíamos avanzar más rápido que los países vecinos, y eso se presenta
realmente complicado si no cambiamos nuestra manera de hacer las cosas,
individual y colectivamente.
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